Respondo con convicción y vehemencia, las amigas de mi pololo, definitivamente, no son mis amigas. Por dos razones, la primera más extraña que la otra: primero, mi pololo no tiene amigas (excepto un par de la infancia que no ve nunca); y segundo, las que ha tenido se han portado como maracas finas.


Todo esto pasó en una fecha especial, el cumpleaños del susodicho, recuerdo muy bien aquél cumpleaños, fue el año pasado. Estábamos acá, en Santiago, recién llegados al departamento donde vivimos, y decidimos celebrarlo. El plan: Pedro traería a unos amigos y a ellas (sus nuevas amigas). Yo traería a PIMPAM (Pime y Pame, para quienes no ubican la sigla). Ese día yo tenía fijada una prueba, así que llegaba tarde, pero todo ya estaba organizado.


Primer error: empiezan sin nosotras. Llegamos y ya habían ido a comprar comidas y bebidas, estaban todos instalados. Que hubiesen empezado no me enojaba, pero de cierta forma hería mi ego; no era mucho, sin embargo, unido a los demás factores, que sigo enumerando, me convirtieron en la bruja más despreciable de la noche, y lo peor, como era la fiesta de mi pololo, no podía ser tan vaca y arruinársela, por lo que tuve que hacerme la weona toooda la noche.


Segundo error: Mi pololo me comunica que hay almuerzo, ¿Quién cocinó? -pregunto yo- (él no se caracteriza por amar las artes culinarias) Fueron ellas, las simpáticas chiquillas que llegaron temprano, cocinaron y tuvieron la delicadeza de dejarme almuerzo. Y yo me cuestioné: ¿para qué alimentar a mi hombre? Esa es tarea de la que me quejo y quejo, pero cuando otra la hace, no puedo dejar de enfurecer, otra mina alimentando a mi pololo, es insólito (claro, sólo su familia y yo lo alimentamos). Me siento desplazada.


Tercero: No soy la anfitriona de la fiesta. Ellas me “invitan” a sentarme, “ofrecen”, “deciden”, todo esto en mi territorio.


Cuarto: Veo un regalo gigante en la pieza: papel brillante, envuelto con cuidado, hasta con una rosa de cinta, lo primero que pienso: “estas maracas le hicieron un regalo”. Y ahí si que me enojé y todos los detalles expuestos arriba se potenciaron y magnificaron. Así pasé largo rato pensando en qué chucha le habrían regalado, hasta que cuando estuvimos solos le pregunté qué había en ese papel, asumiendo, claro, que era de “ellas” porque sus amigotes no acostumbran a llevar regalos.


La respuesta fue: ¡mira! (como con felicidad) eso hizo que mi enojo creciera. Fui a mirar y el regalo estaba todavía cerrado, lo abro y me doy cuenta de que era un regalo para mí, algo que yo había pedido hace tiempo y puta que me sentí como el hoyo, tan enojada que estaba, por creer que el regalo era para él, pero fue chistoso, muy chistoso: el regalo era para mí.


Y al final, las amigas dejaron de ser amigas porque semanas después se portaron como maracas finas, pero eso, da para otra entrada. Y yo, enojada y todo dejé de ser bruja por un buen tiempo (tiempo que ya acabó, claro). Pero aún no soporto a las minas que una vez fueron amigas de mi pololo.


Pau.-